Podría hablar de legislación, de cierres aleatorios de webs, de persecuciones ideológicas, de luchas sociales o derechos fundamentales, pero no va a ir de eso este post (o sí) en el que busco reflexionar sobre la privacidad con la que escribo estas líneas, casi acariciándolas, para mi misma, olvidando que al darle al botón de publicar estarán ahí, en eso que llamamos la nube, disponibles para todo aquel que tropiece con esta bitácora y decida dedicar unos minutos de su tiempo a leer este conjunto de palabras. Seguramente si lo que buscas es información pura y dura, el rápido cómo se hace, las 10 aplicaciones para hacer x, o las 50 claves del social media marketing te marcharás, es más, seguramente no llegues hasta este punto y aparte.

Pese a la premisa que hace de la web un espacio publico tendemos a leer y escribir en el muchas veces como si no lo fuese, como si solo hablásemos para nosotros mismos, como cuando nos sorprendemos hablando en voz alta, quizá estamos pasando del social media al human media que abandera Isra García. Para los hijos adoptivos de la era digital en ocasiones nos sigue siendo difícil desprendernos del concepto de privacidad que perdemos con cada tuit, con cada comentario en un blog o en una noticia, con cada entrada en nuestra bitácora. Leemos como si escribiesen para nosotros, quizá por ese motivo en la red la articulación del lenguaje se sustenta en la primera persona, en una búsqueda desesperada de recuperar la complicidad, de empatizar, de buscar en cada palabra un susurro.

Los bloggers no tienen audiencias, tienen amigos, así de tajante es Clay Shirky en «Here comes everybody». Los lectores buscan proximidad y afinidad, buscan alguien próximo con quien conversar. “Mucho de todo lo que se publica a lo largo de cualquier día en la red es publico pero no es para el publico”. Sin embargo, la distancia la pone la fama. A mayor número de seguidores más difícil resulta conservar el feedback. Hoy los modelos de negocio como Twitter o FaceBook facilitan mucho que los “famosos”, ya sean estrellas de la pantalla o marcas comerciales mantengan cierto grado de comunicación o empatía con los usuarios o consumidores, aunque sea algo “artificial” queremos que cuando le preguntamos a Coca-Cola o sugerimos un sabor a Starbucks estos nos tengan en cuenta.

Con lo que no estoy de acuerdo con la idea de que esa redacción cercana deba carecer de belleza, de metáforas, de formas literarias en favor de la simplicidad absoluta que lo reduce todo a un sujeto, verbo y predicado exento de contexto, pero en esto como en todo es cuestión de gustos. No deja de ser lógico que prime el lenguaje descriptivo ya que para que alguien encuentre un espacio en Internet primero lo tienen que haber leído e indexado los robots de Google y a ellos, mal que nos pese, lo que más les gusta es el lenguaje descriptivo.

Los riesgos que entraña esta pérdida de perspectiva sobre la parte pública de nuestras comunicaciones son entre otros los  que recogen ya en ocasiones los medios de comunicación, el ciberacoso. O incluso, y por qué no reconocerlo, también se pueden ver afectadas las posibilidades de conseguir un trabajo. Un blog, un conjunto de “Likes” en FaceBook, un análisis de tu timeline en Twitter y rápidamente tenemos un perfil psicológico listo para cualquier departamento de selección de personal. Nuestra huella digital nos persigue.

Hoy el derecho al olvido en Internet es algo que cada día cobra más protagonismo. El ser humano tiene derecho a cambiar, a evolucionar y la Red conserva el pasado, siempre al acecho, de ahí la importancia que tiene que seamos conscientes de qué subimos y qué compartimos en Internet. Al otro lado está la libertad de expresión, un derecho reconocido por la UNESCO que nos permite manifestar nuestras opiniones y cuya limitación entrañe seguramente más riesgos que el hecho de que nuestro pasado permanezca eternamente alojado en un servidor. No en vano existen múltiples iniciativas desde varios gobiernos, recordemos la famosa Ley Sinde, que buscan limitar los derechos de Internet, un espacio “salvaje” en el que el pueblo puede ser “libre” y en el que los gobiernos pierden el control.

Dije al principio que no hablaría de derechos y libertades, pero qué no es política y cómo olvidar que cada minuto seguimos devorándonos entre nosotros.